Hubo un período en que no estuve en ningún lugar y sin embargo estaba, legalmente había desaparecido; mi madre angustiada recorría hospitales, morgues, lugares de detención, golpeaba puertas sin conseguir evidencias, era como si la tierra me hubiese tragado.
Mientras ella vivía esa dura experiencia, yo estaba en el estadio regional de concepción, aislada del mundo, golpeada, herida, perdida. Entonces fue como estar al borde de un precipicio y la única salida posible era dar el paso para caer en las profundidades de la tierra y luego la nada; ese paso sería la liberación; dejar de sentir, dejar de pensar.
La fuerza se va perdiendo poco a poco, el aniquilamiento físico y moral hace que la resistencia ya no funcione, las reacciones se tornan lentas y es imposible detectar de donde viene el golpe. Sin embargo no recuerdo haber sentido miedo; pero sí tener la sensación de algo irreal, de estar en medio de una pesadilla horrible pero de la que tampoco quería despertar; presintiendo quizás que sería aún peor abrir los ojos a la realidad.
¿Que debía hacer para evitar este tormento?, decir donde estaban las armas traídas por Fidel Castro. En su visita a Chile, invitado por su amigo Salvador Allende, había sido huésped de la Empresa Nacional del Carbón. Yo no solo trabajaba en esta empresa sino que además era la secretaria del Gerente General, Isidoro Carrillo. El había sido nombrado por el Presidente dos meses después de asumir el poder, convirtiéndose ese acto en emblemático; pues era la primera empresa nacionalizada y por primera vez accedía un dirigente de los trabajadores, un obrero, ex alcalde de Lota, a la cabeza de una empresa que en ese entonces contaba con 15.000 trabajadores.
De esas armas jamás supe, nunca fueron encontradas en lugar alguno, y sin embargo fuimos muchos los detenidos por esta misma razón. Algunos estuvieron más de tres años en prisión, otros y entre ellos, I. Carrillo, fueron fusilados el 22 de octubre 1973 después de un consejo de guerra presidido por el general Washington Carrasco.
Esta vez, más que hablar de mi propia experiencia, quiero rendirle un homenaje a la lucha, a la consecuencia y al coraje de mi madre fallecida recientemente, y también quiero recodar la memoria de los que murieron ese 22 de octubre, ellos me fueron muy cercanos: Isidoro Carrillo, Danilo González, Vladimir Araneda, Bernabé Cabrera.
La zona minera del carbón no debe olvidar a estos héroes que murieron por luchar por un mundo mejor.
Carmen Pinto – Estudiante de sociología.
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